Durante años preparé generaciones de niños de 7 y 8 años para recibir la
Primera Comunión .
Que nadie me juzgue.
Ignoro como nació la costumbre. Asistíamos con los críos a una Misa semanal en
el colegio como parte de la preparación para recibir a Jesús Sacramentado.
Componía canciones para que la Misa fuera un poco más amena para los críos –
no olvidemos que tenían siete y ocho años. Pobrines. El sacerdote que oficiaba
era un hombre mayor, y que habitualmente habitaba en una
dimensión mental cercana a la mística. Se enteraba más bien de poco de lo que
sucedía a su alrededor, y atendía poco a las letras de las canciones.
Las
canciones eran tipo gregoriano con letras en castellano de perfil parecido a los
salmos. Una , nuestra favorita, decía lo siguiente:
Soy tu cervatillo, Señor, y bebo de tus aguas. (Estribillo)
Aunque se me enrosquen los cuernos en las ramas,
Soy tu cervatillo.
(Estribillo)
Cuando voy por la praderilla,
Yo diviso cervatilla
¡¡¡PERDÓN, SEÑOOOOORRR!!!
(estribillo)
Lo de PERDÓN, SEÑOR, como reacción a la visión de la cervatilla, se cantaba en
grosso forte piú forte y muy sentidamente.
El sacerdote, ensimismado en la liturgia del ofertorio, no movía ni una ceja. Ese sacerdote. Porque un día vino un cura normal, ya se me entiende, y al escuchar el principio
de la canción (juro que intenté que no la cantaran, pero ya se sabe que cuando
los chavales le cogen el gustillo no hay forma de pararlos), pues le
coló… hasta que llegó lo de la cervatilla. Su mirada...en fin. Otro paquete.
Otra que cantábamos en Cuaresma era “Vengo del polvo y al polvo voy”. Pero
allí nadie se atrevió a comentar nada, aunque se me insinuó que, tal vez, mejor
la de “perdona a tu pueblo, Señor”.
La inocencia de los niños, y su creencia de que un profe lo sabe todo, es
maravillosa. Confían ciegamente en cualquier cosa que les digas, siempre que lo
hagas con convicción, muy serio, con seguridad. Un día uno de los monaguillos
se me acerca y me consulta ,”oiga, no encontramos la campanita de la Misa”.
Todo un contratiempo, porque a los chavales les encantaba eso de darle a la
campanita...“No te preocupes, hazlo con la boca. Cuando el sacerdote levante la
Sagrada Forma y el Cáliz dices “¡tilín tilín tilín!”, tres veces, y muy serio. A Jesús
le gustará que tu corazón haga de campana”.
No sé si a Jesús le gustó que el corazón del niño hiciera de campanita, pero el
follón que se armó en el oratorio, el despiporre de la clase toda y la bronca del
cura, que echó del oratorio al crío, fue planetaria.
Luego me pidió que le
castigara. Le dije que es que el chaval no andaba bien de la cabeza y que no
haría más de monaguillo. Cualquiera le dice la verdad.
Éste sacerdote, ahora anda por tierras del Levante feliz, les daba unas charlas
en el oratorio que solían ser muy pedagógicas. Siempre comenzaba con una
historieta, una anécdota, que desarrollaba después con moraleja. Tenía a los
chavales imantados, porque las contaba muy bien. Una tarde comenzó, para
glosar que en la vida había muchas tentaciones y peligros, con la historia de un
pajarito que iba por el bosque feliz y contento, entre flores y árboles fantásticos,
entre abejas que libaban y mariposas que revoloteaban locas de contentura…
Los chavales, en los dos primeros bancos del oratorio, le escuchaban absortos,
en silencio, expectantes.
- Pero había un gato negro, enorme, inmensamente malvado, oculto en el
bosque y observando al pajarito en la oscuridad. Y nuestro amiguito cantaba
feliz sin darse cuenta del peligro que le acechaba.
Los críos, sin respirar, no quitaban ojo del sacerdote.
- Y, entonces, sin avisar, sin hacer ningún ruido, el gato saltó y ¡zampa! : ¡¡¡SE
COMIÓ AL PAJARITO!!!.
Decir eso el cura y un crío que estaba en primera fila, a un metro del presbítero,
salta del banco y grita “¡¡¡OSSSSSTIAAAAA!!!.
Yo me quedé flasheado. Frús. Y el cura
me mira y dice “pero, bueno, a éste tío de donde le habéis sacado”.
Después le
intentó glosar el segundo mandamiento de la Ley de Dios, pero creo que no
consiguió mucho.
Años después a este mismo sujeto le echaron del colegio por guasón. Tenía un
agujero en el bolsillo del pantalón y no se le ocurre otra cosa a la bestia que
ponerse el ciruelo, la minga, el varonil miembro erecto, saliendo por el agujero.
Y aparece en clase con los dos brazos cargados de libros y le dice a un profesor muy piadoso , “oiga, Don Zutanín, ¿sería tan amable
de sacarme el boli del bolsillo que yo no puedo?”. Lejos estaba aquel hombre,
numerario piadoso y apostólico, de pensar con qué se iba a encontrar en aquel
bolsillo.
Muy amablemente Don Zutanín introduce su mano en el bolsillo del urco y capta,
alucinado que, o el boli es de Blandy Blú, o que lo que está tocando es un pepino
muy parecido al suyo. La clase, que estaba al tanto de la broma, se despiporra
viendo la cara de nuestro profesor y aplauden, y hacen la ola…Y al
jambo le mandaron de patitas a la calle por guarro.